LOS FRUTOS DEL PARAÍSO
J.Benitez


Y para cerrar estos breves apuntes en torno al enigmático valle de las “Siete Luminarias”
quizá debería hacer mención del no menos misterioso cerro de Culiacán, que se alza a
una decena de kilómetros de los cráteres.
Allí, según la leyenda, existe una “mágica ciudad subterránea”. Pero pospondré mis
investigaciones en las faldas y cima de este coloso para una mejor ocasión y en
beneficio de otro enigma que, de no haberlo visto con mis propios ojos, difícilmente lo
hubiera aceptado. Porque, ¿quién puede imaginar una col de cuarenta y tres kilos?
¿Cómo aceptar que la tierra pueda ofrecer matas de apio de un metro de altura, cañas
de maíz de cuatro, hojas de acelga de 1,85 metros o que, de una sola semilla de
cebolla, nazcan hasta doce ejemplares,con un peso total de quince kilos?
Sé que puede parecer una fantasía, muy propia de libros y películas de ciencia-ficción.
A las imágenes me remito. Ellas hablan por sí solas.Todo empezó en los años setenta y
justa y misteriosamente en los dominios del valle de Santiago. Varios campesinos y
vecinos del lugar entre los que destacan José Carmen García Hernández y Óscar
Arredondo Ramírez sorprendieron a propios y extraños con unos frutos gigantescos,
como jamás se había visto en la historia de México y, si me apuran, del resto del mundo.

Como es natural, la noticia voló, conmocionando a las autoridades y estamentos
oficiales. Y una legión de expertos se personó en los terruños, verificando la realidad de
semejante “revolución agrícola”. Pero,desconfiados, sometieron a los “artífices” de las
gigantescas cosechas a una prueba de fuego. Y en 1977, en un campo experimental
próximo a Tampico (Tamaulipas), ingenieros agrícolas del gobierno y los campesinos
de Santiago se enfrentaron en un curioso reto. Los unos sembraron las hortalizas
siguiendo los métodos tradicionales. Los otros pared con pared, según su secreto saber y
entender. El resultado fue espectacular.Mientras los ingenieros obtenían una
producción media por hectárea de ocho toneladas, el “campo” de los “revolucionarios”
superaba las cien... Y la “mágica fórmula” según los depositarios del preciado tesoro era
extensible a todo tipo de productos: cereales, flores, tubérculos, etc. Y lo demostraron.
Las formidables “cosechas” comenzaron a invadir los mercados de la región. Y durante
un tiempo, los hogares de los santiaguinos se vieron beneficiados por este “regalo de los
cielos”. Baste decir que, por ejemplo, con dos monumentales hojas de acelga podía
alimentarse toda una familia. Y algo similar ocurría con las patatas, maíz,cebollas,
coles y demás verduras.La esperanzadora noticia, sin embargo, no agradó a las
multinacionales. Tal y como habían demostrado los impulsores de este sensacional
hallazgo, la siembra y los cuidados de los productos sometidos a la “secreta
fórmula” no requerían de fertilizantes ni pesticidas. El proceso se desarrollaba de forma
natural, sobre cualquier tipo de suelo y bajo unas condiciones climáticas y de riego
enteramente normales. Y surgieron las amenazas y presiones. Y los campesinos se
vieron obligados a abandonar sus experimentos y sus tierras. Uno de ellos,incluso,
terminaría en prisión. Y la “gran revolución agrícola” fue abortada.Las multinacionales,
sin embargo, no consiguieron arrancarles el “secreto” de tan prodigioso sistema. Un
“secreto” que ha sido transmitido a un escogido grupo de amigos incondicionales de los
“revolucionarios” mexicanos. Un “secreto” que guarda una íntima relación con el noble
arte de la astrología y que según mis confidentes” fue legado a estos habitantes del
enigmático valle de las Siete Luminarias” por seres “no humanos”.
Sé que estas aseveraciones pueden hacer sonreír malévolamente a los incrédulos y
escépticos. Están en su derecho. Pero ¿pueden ellos de la mano de la ciencia oficial
obrar un “milagro” semejante?
Y puede que llegue el día cuando los valores espirituales del hombre hayan madurado
en que ese “secreto” se abra de nuevo al mundo, en beneficio de todos.
Algo para Leer